
Si miramos bien, podemos darnos cuenta de que a lo largo del siglo XX y de éste, a pesar de todo lo nuevo que pudimos y hemos podido ver en ellos, ha ocurrido sólo una cosa: la revolución de las formas. De hecho, la descomposición del cuerpo, propagada (inventada, confirmada) por el cubismo no podía traer otra cosa.
A partir del cubismo se han multiplicado los puntos de vista sobre un mismo objeto, por lo que todos los objetos (todas las formas, todas las configuraciones) han alcanzado valor. O sea, se ha dado la apoteosis de los gustos. Esto representa la liberación más grande, más sublime, más universal que el ser humano haya podido alcanzar. Pienso así porque si cuento desde el feudalismo, encuentro que después del mismo, el hombre alcanzó su libertad de trabajar para sí, y que a partir del capitalismo (que es lo mismo) pudo (o trata de poder) comprar lo que los otros compran. Me parecen pasos. No habrá, no obstante, otras revoluciones. Ya estamos en el centro de la última.
El capitalismo nos ha dado la libertad de comprar. No es ésta, sin embarg
o, una libertad que se caracterice por dar sensación de plenitud. Por eso el consumismo, el afán de comprar que no se acaba nunca. Sólo podrá eliminarlo el placer de comprar lo que nos gusta. No lo que le gusta al otro (al hombre que imitamos, al imitable, la clase superior), sino lo que nos gusta a nosotros. Esto lo ejemplifica el producto por excelencia hoy día: unos jeans. El hombre usa esta informalidad hasta con camisa de vestir y chaqueta formal. Los usa con zapatos de tenis o zapato de piel. Es la verdadera revolución de las formas.La revolución de las formas se da también en el trato a los demás, por lo que coexisten a principio de siglo 21 la cortesía más melosa con la dejadez más rabiosa en las relaciones interpersonales. No importa que se trate de un cliente o un esposo, un amigo o un desconocido. Los esposos pueden pasar de gancho o ig
norándose mutuamente. Los hijos pueden tardar años sin comunicarse con sus padres y aparecerse un día como si sólo hubiesen estado al doblar de la esquina, o en cambio dejar de casarse para no abandonar a su madre (todo esto sin eximirse de los más fuertes placeres que a los maridos y mujeres proporciona el matrimonio).Esta revolución está dándose igualmente en la música. Todos los ritmos recorren al unísono el mundo entero. El jazz nos vuelve locos en la República Dominicana, y al mismo tiempo nuestro merengue se baila en el Japón. La bachata pasó largos años escuchándose sólo a través de Radio Guarachita, pero hoy se escucha en los componentes de las casas de gente culta, y la cantan los muchachos que más están en la cosa sin inmutarse porque ése sea el canto que más asimila el carnicero que no sabe más que machetear trozos de res.
No hay que culpar a Picasso. Las revoluciones vienen siempre porque tienen que venir. Para bien o para mal. Yo le perdono al millonario que quiera darse (y se dé) el gusto de andar por las calles con un polo desteñido y unos zapatos descuidados. Quizá sólo quiere pasar desapercibido y no precisamente ahorrarse unos centavos. Como también libro de culpas al que sin contar con una cuenta bancaria se desolla para comprar un carro de lujo. Es su gusto, y si así lo quiere, dejémosle morir por él.
Como se da todo esto, a veces pienso que los jeans son una simple máscara. Nos unen y nos dividen a todos. A partir de unos jeans somos o dejamos de ser. Levi Strauss creó los jeans para los obreros, pero hoy lo usan, además, los ricos de cuna con tanto frenesí como un mecánico cualquiera. Con unos jeans el burgués deja de serlo por un rato, así se siente aliviado de su fuerte tradición de riqueza. El mecánico, en cambio, con sus jeans se siente él. Sólo que a veces se los desmonta para colocarse unos pantalones de lino que se compró para lucir.
Indiscutiblemente, es la revolución de las formas. A ella no la detuvo ni aquella revolución fracasada en Rusia, el comunismo. Pero se da también cuando aquella caprichosa dama baja del último Mercedes y deposita sus bellas posaderas en el duro cuero de un asiento de coche tirado por caballos porque quiere recorrer el malecón distinguiéndose aún más de los demás… Son las formas que van, son las formas que vienen.
El cuerpo de las beldades no es ya sólo el cuerpo de Venus. Ahora las féminas se pavonean también con musculosos cuerpos masculinos. Y las hembras q
ue antes andaban encogidas bajo largos vestidos porque sus piernas o sus nalgas no eran apetecibles, hoy recorren las avenidas con ajustados vestidos hasta sólo un poco por debajo de los glúteos, o con jeans que no parecen poder quitárseles. En cuanto al cuerpo se trata, ya la forma vale por sí misma. Siempre. Siempre habrá algún límite, pero las deformadas de antes hoy tienen también un cuerpo bonito, apetecible. ¿No desnudó Picasso a sus desfiguradas señoritas de Avignon?Alimentando esta revolución progresiva, en pintura se da el primitivismo, lo neoclásico, el realismo fotográfico en coexistencia con la geometría más abstracta, más fría. Pero esto no altera a los críticos porque ahora los lenguajes son múltiples, las formas no se pueden cohibir. La revolución de las formas es universal. ¿No se ha dicho que murió la Historia? Bueno, según las señales, el cronograma se cerró: coexistimos todos, no habrá de excluirse nada. ¡Si no encontramos nuevas formas, que coexistan las habidas hasta hoy!





























