domingo 5 de julio de 2009

La Revolución de las Formas


Si miramos bien, podemos darnos cuenta de que a lo largo del siglo XX y de éste, a pesar de todo lo nuevo que pudimos y hemos podido ver en ellos, ha ocurrido sólo una cosa: la revolución de las formas. De hecho, la descomposición del cuerpo, propagada (inventada, confirmada) por el cubismo no podía traer otra cosa.

A partir del cubismo se han multiplicado los puntos de vista sobre un mismo objeto, por lo que todos los objetos (todas las formas, todas las configuraciones) han alcanzado valor. O sea, se ha dado la apoteosis de los gustos. Esto representa la liberación más grande, más sublime, más universal que el ser humano haya podido alcanzar. Pienso así porque si cuento desde el feudalismo, encuentro que después del mismo, el hombre alcanzó su libertad de trabajar para sí, y que a partir del capitalismo (que es lo mismo) pudo (o trata de poder) comprar lo que los otros compran. Me parecen pasos. No habrá, no obstante, otras revoluciones. Ya estamos en el centro de la última.

El capitalismo nos ha dado la libertad de comprar. No es ésta, sin embargo, una libertad que se caracterice por dar sensación de plenitud. Por eso el consumismo, el afán de comprar que no se acaba nunca. Sólo podrá eliminarlo el placer de comprar lo que nos gusta. No lo que le gusta al otro (al hombre que imitamos, al imitable, la clase superior), sino lo que nos gusta a nosotros. Esto lo ejemplifica el producto por excelencia hoy día: unos jeans. El hombre usa esta informalidad hasta con camisa de vestir y chaqueta formal. Los usa con zapatos de tenis o zapato de piel. Es la verdadera revolución de las formas.

La revolución de las formas se da también en el trato a los demás, por lo que coexisten a principio de siglo 21 la cortesía más melosa con la dejadez más rabiosa en las relaciones interpersonales. No importa que se trate de un cliente o un esposo, un amigo o un desconocido. Los esposos pueden pasar de gancho o ignorándose mutuamente. Los hijos pueden tardar años sin comunicarse con sus padres y aparecerse un día como si sólo hubiesen estado al doblar de la esquina, o en cambio dejar de casarse para no abandonar a su madre (todo esto sin eximirse de los más fuertes placeres que a los maridos y mujeres proporciona el matrimonio).

Esta revolución está dándose igualmente en la música. Todos los ritmos recorren al unísono el mundo entero. El jazz nos vuelve locos en la República Dominicana, y al mismo tiempo nuestro merengue se baila en el Japón. La bachata pasó largos años escuchándose sólo a través de Radio Guarachita, pero hoy se escucha en los componentes de las casas de gente culta, y la cantan los muchachos que más están en la cosa sin inmutarse porque ése sea el canto que más asimila el carnicero que no sabe más que machetear trozos de res.

No hay que culpar a Picasso. Las revoluciones vienen siempre porque tienen que venir. Para bien o para mal. Yo le perdono al millonario que quiera darse (y se dé) el gusto de andar por las calles con un polo desteñido y unos zapatos descuidados. Quizá sólo quiere pasar desapercibido y no precisamente ahorrarse unos centavos. Como también libro de culpas al que sin contar con una cuenta bancaria se desolla para comprar un carro de lujo. Es su gusto, y si así lo quiere, dejémosle morir por él.

Como se da todo esto, a veces pienso que los jeans son una simple máscara. Nos unen y nos dividen a todos. A partir de unos jeans somos o dejamos de ser. Levi Strauss creó los jeans para los obreros, pero hoy lo usan, además, los ricos de cuna con tanto frenesí como un mecánico cualquiera. Con unos jeans el burgués deja de serlo por un rato, así se siente aliviado de su fuerte tradición de riqueza. El mecánico, en cambio, con sus jeans se siente él. Sólo que a veces se los desmonta para colocarse unos pantalones de lino que se compró para lucir.

Indiscutiblemente, es la revolución de las formas. A ella no la detuvo ni aquella revolución fracasada en Rusia, el comunismo. Pero se da también cuando aquella caprichosa dama baja del último Mercedes y deposita sus bellas posaderas en el duro cuero de un asiento de coche tirado por caballos porque quiere recorrer el malecón distinguiéndose aún más de los demás… Son las formas que van, son las formas que vienen.

El cuerpo de las beldades no es ya sólo el cuerpo de Venus. Ahora las féminas se pavonean también con musculosos cuerpos masculinos. Y las hembras que antes andaban encogidas bajo largos vestidos porque sus piernas o sus nalgas no eran apetecibles, hoy recorren las avenidas con ajustados vestidos hasta sólo un poco por debajo de los glúteos, o con jeans que no parecen poder quitárseles. En cuanto al cuerpo se trata, ya la forma vale por sí misma. Siempre. Siempre habrá algún límite, pero las deformadas de antes hoy tienen también un cuerpo bonito, apetecible. ¿No desnudó Picasso a sus desfiguradas señoritas de Avignon?

Alimentando esta revolución progresiva, en pintura se da el primitivismo, lo neoclásico, el realismo fotográfico en coexistencia con la geometría más abstracta, más fría. Pero esto no altera a los críticos porque ahora los lenguajes son múltiples, las formas no se pueden cohibir. La revolución de las formas es universal. ¿No se ha dicho que murió la Historia? Bueno, según las señales, el cronograma se cerró: coexistimos todos, no habrá de excluirse nada. ¡Si no encontramos nuevas formas, que coexistan las habidas hasta hoy!

domingo 28 de junio de 2009

La carne y la madera: Las esculturas del doctor Encarnación y de Martínez Richiez




Durante buen tiempo trabajé en el Hospital Generalde la Plaza de la Salud. Allí asistí en muchas cirugías al doctor José Luis Encarnación. Los trabajos iban desde liposucción para modelar cinturas y muslos hasta abdominoplastia y rinoplastia, pasando por una larga variedad de cirugías que vi dar como producto formas ejemplarmente hermosas. Fue una gran oportunidad para un escritor curioso.



Ningún escultor dominicano ha dedicado tantas obras al erotismo como Luichy Martínez-Richiez. Este famoso creador plástico esculpió obras que son un palpable homenaje a las facultades eróticas del ser humano. En sus tallas puede uno encontrarse con excitantes volúmenes y formas que son las dimensiones y las vueltas que la naturaleza le dio en nosotros al amor. No a las bondades del alma, sino a las del cuerpo.

Por esto lo he tomado como referencia artística del trabajo modelador de cuerpos humanos que en el quirófano realiza cotidianamente el doctor José-Luis Encarnación. Como Martínez-Richiez en muchas de sus esculturas, el doctor Encarnación dedica horas a modelar senos y glúteos. Martínez-Richiez ha exhibido vulvas perfectas que parecen brotar alegremente de sus piezas de madera verticales. También podríamos ahora encontrarlas en cualquier lecho por obra del bisturí del doctor Encarnación. Esa es la única diferencia entre el trabajo de los dos: las esculturas de Martínez-Richiez sólo se dejan ver. Mientras, y además de esto, las obras del doctor Encarnación sienten y quieren dejarse sentir.

El escultor trabaja en un taller donde quizá sólo estén él y su madera, rodeados de otros objetos cualesquiera, al aire libre o encerrados bajo techo, compartiendo el espacio con otras obras ya modeladas y tal vez hasta con un ser vivo que sirve de modelo. En la sala de trabajo del cirujano está él con su objeto viviente, una infaltable camilla donde éste reposa de lado o bocarriba o en decúbito prono, y un equipo que lo ayuda: anestesiólogos que conectan máquinas al paciente, ayudantes de cirugía, enfermeras que acercan soluciones y rasuran y lavan, así como luces, aspiradores de secreciones y aparatos de electrocoagulación.

¿Qué hace el escultor? Martínez-Richiez fileteaba maderas y las esculpía tan esmeradamente que quienes las miran pueden hasta llegar a desearlas en sus circunvoluciones eróticas perfectas y verdaderas. Esa precisamente es la flecha que siguen el cirujano y su paciente: formas perfectas que son formas verdaderas. Porque la forma verdadera de un cuerpo humano no es la que se le da a partir del embrión sino la que el cirujano le ayuda a lograr, las otras en que se le pueda tallar si es su capricho o necesidad.

Independientemente del grado de alienación que podamos detectar en una mulata que se modela perfiladamente la nariz, las formas se pueden cambiar legal y autorizadamente. Y como la filosofía no ha tomado nunca mucho en cuenta el cuerpo (por lo menos, no tanto como la religión) lo mejor es advertirle que se aleje cada vez más de él en sus aspectos intrascendentes, en su definitiva anatomía. Igualmente las canciones y los poemas y los tratados de moral: ¿Cuántas personas bondadosas han cambiado después de un trasplante de corazón?, ¿cuáles son los temperamentos biliosos a los que un trasplante de hígado ha convertido en sanguíneos?

Cuando el doctor Encarnación se inclina sobre una cara de mujer para dejar en ella otra nariz (otra forma de nariz) el resultado en un rostro más agradable, pero no una más coqueta, a menos que exista en la paciente un complejo sicológico que sea luego disuelto o transformado por el satisfactorio cambio de apariencia: una mujer comenzó a usar blusas sin mangas a los treinta de edad, luego de años de casada y de varios hijos porque sólo entonces había conseguido que su busto (que estando sentada le llegaba a los muslos) pudiera por fin caber en las manos de su marido.

El hecho de que una boca sea ahora besada con mayor interés no significa que sea magia. El escultor Martínez-Richiez sabía, como sabe el cirujano plástico Encarnación, que se trata de trabajo sobre líneas y volúmenes: todos son glúteos, pero aquél es el que me interesa: pago por él. El negocio carnal tiene ya visos de prosperidad impredecible. Una mujer fea ya no tiene que amilanarse. Los cirujanos plásticos enriquecen así la fiesta que es el mundo, el carnaval de la pasión.
Sin interés de exagerar: ¿No es una paciente del doctor Encarnación una obra de arte? Me he tropezado en los pasillos de su hospital con una que me recordó a Raquel Welch. No era ella, la verdad, pero antes era mucho menos que eso: ella pasó por su bisturí y en unas tres horas de trabajo le modeló con navaja y liposuctor muslos y rodillas, pero también glúteos y cintura.

Noten que no me he referido a los casos de vejez. También son muchos. La cirugía plástica es también el elixir de la eterna juventud. Como las tallas de Martínez-Richiez, las pacientes del doctor Encarnación si quieren no envejecen: ¡muertas a los cien años, pueden seguir atrayendo¡ Es un poco como decir: “no me quieras como soy, sino como puedo ser”. Porque siempre se puede tener una forma mejor.

domingo 21 de junio de 2009

El sonido de la vida en El Caribe


Presento ahora un tema muy controversial, y es el de los "ruidos" musicales, que son el alto volumen a que se escucha la música en ciertas ciudades, en ciertas calles, en ciertas familias... El tema lo publiqué antes, pero su vigencia me permite presentarlo por esta vía, muy distinta a la que le permitió ser leido anteriormente, en una presentación que ha sido la más hermosa en que haya publicado alguna vez. Gracias de paso a doña Marianne de Tolentino por aquella gentileza.



¿Cuál es el sonido de la vida?

Alguno diría que los ruidos del corazón, pero no todo ser viviente lleva un corazón. Otro contestaría que el suspirar de la respiración, pero resulta que tampoco todos los animales respiran audiblemente.

Realmente, el sonido característico de la vida no es tal por ser producido por un ser vivo, sino por estimular su vitalidad, su permanencia, su movimiento y su fortaleza. El sonido de la vida es el sonido que estimula al ser viviente a reverberar en su propia vitalidad. Le despierta los sentidos y a través de ellos provoca en él respuestas que se corresponden con el carácter de sus más intensas experiencias, con lo que flota en su inconsciente, en su inconsciente vital, término inventado por Rolando Toro.

Diría que el sonido de la vida está marcado por el ritmo de ese sonido. Como no hay un sonido que diga más a través de su ritmo que la música, debemos estar de acuerdo en que el sonido de la vida es la música.

De todos los ritmos musicales, pocos hay tan vitales como los que ha producido la música afro-caribeña. Digo tan vitales porque además de ser muy enérgicos y golpeantes, han sido producidos por una personalidad fogosa, como de hecho es la del africano y el mestizo en que está presente la raza negra.

Recordemos la omnipresencia del tambor en los ritmos afro-caribeños, un instrumento que en culturas otras que la africana es utilizado ante todo para producir piezas de tema marcial, para himnos de guerra.

El desenfreno rítmico de la música afrocaribeña quizá tenga su origen en las condiciones de vida propias del continente en que nació, desencadenadoras de actitudes fieras, osadas, capaces de vencer dificultades que obstaculizan el discurrir de la vida en sus aspectos más esenciales.

Podemos descubrir una vitalidad exacerbada, por ejemplo, en ritmos como el carabiné, el merengue, el cha cha cha, y la salsa (una mixtura de mestizajes que incluye al dominicano, el cubano y el boricua). Estos ritmos y otros muchos son, a través de la danza, canales de desahogo de energías conservadas no sólo gracias a la acumulación de calorías, sino a una personalidad rebosante de impulsos psicológicos múltiples que no se agotan nunca.

Los mismos instrumentos utilizados son manifestaciones del crepitar de ese carácter fogoso, como en efecto resultan ser la tambora, el cencerro, la guira y hasta la marimba, que en su aparentemente sorda emisión de sonidos quisiera contrarrestar el ritmo de nuestro aparato cardio-respiratorio.

La consustanciación de los ritmos afro-caribeños con la personalidad de nuestro más abundante mestizo y el negro se manifiesta también en el volumen a que el pueblo llano acostumbra a escuchar a través de grabaciones la música que lo estremece. Así, la energía de cada sonido y la vitalidad de cada ritmo son reforzados con la altura del volumen.

Bailar estos ritmos apresurados y vivos quizá contribuye de modo importante a deshacer de tensiones e incomodidades provocadas por la rutina cotidiana a cada bailador, a descargarle la mente y el cuerpo después de enfrentar problemas de carácter primario, a revitalizar sus instintos y canalizar por vías más sutiles las ansias insatisfechas. Todo esto conseguido del modo más completo posible. Sin embargo, reunir en un lugar cerrado, como una discoteca, un ritmo agitado y unos retumbamientos como los que producen los timbales quizá resulte poco práctico frente a la necesidad de preservar la salud auditiva y la cardiaca. Esto así porque aparte de los aspectos físicos que se relacionan con la audición, está la descarga de catecoleminas que en algún momento pueda provocar a través del mismo oído el excesivo resonar de los instrumentos como natural defensa del organismo, pues los órganos en general reciben cuasi directamente los fuertes efectos de las ondas sonoras.

Lamento, sí, que no se dé terapia musical en nuestros hospitales dominicanos, pues la música puede ayudar a mejorar inclusive trastornos neurológicos que afecten la movilidad. Sin embargo, a estos mismos centros puede llevar por enfermedad la música escuchada en condiciones inadecuadas. Hemos podido apreciar cómo la exageración en el gusto por el volumen ha ocasionado serias dificultades a familias enteras por la colocación de bocinas de alto poder en locales familiares y de negocio próximos a su vivienda.

Los grupos que disipan en lugares públicos al aire libre se sienten estimulados, por la ausencia de paredes, a elevar al máximo el volumen de la música, lo que provoca en quienes están en otro ánimo un estremecimiento desagradable capaz de estresarle hasta la violencia.

La música caribeña que más se disfruta hoy es realmente buena para la salud general bailándola y entregándose a sus notas con un ánimo espiritualista, evocador e inclinado ala ensoñación, cosas que difícilmente se dan cuando los ritmos resultan explosivos por el exceso de volumen que los lleva hasta a provocar el aturdimiento de quien los escucha.

Quizá se deba hacer una campaña de salud y educación musical que rece como lema: “bailemos más; oigamos un poco menos”, pues, en verdad, la música afro-caribeña tiene su don en el ritmo y en la habilidad del danzante para hacerlo visual, mucho más que en el volumen a que nos lleguen las notas.

sábado 13 de junio de 2009

Las tardes de Juan Marsé


Juan Marsé es uno de los más importantes escritores con que cuenta la España de hoy. Sus obras revelan un talento natural que tienen poquísimos de los que tanto proyectan internacionalmente las editoriales de la península. Releerlas me resguarda del posible sortilegio de tanta pluma sin ángel.

Últimas Tardes con Teresa es uno de sus poemas. Es una novela escrita por un poeta. Teresa misma es un sueño, una imagen que fue fecundada en la memoria y el deseo para penetrar a la realidad y transformarla con su sola presencia en ella. Igual ocurre con el Pijoaparte, otro espectro, como el Larsen de Onetti, como tantos personajes de García-Márquez, de Lorenzo Villalonga… Personajes que vienen y van por unos relatos que son un mundo en el que tienen que desenvolverse como jamás pensaron.

Que Teresa Serrat haya brotado de la memoria de Marsé no asegura que sea un calco, una copia embellecida con ciertos juegos verbales. Precisamente haberle dado el nombre de alguien más concretamente recordado (una joven a quien daba clases de español, Teresa Casadesú) es una forma de acercarla más a la realidad. Marsé confesó una vez al ser entrevistado que sus novelas surgen siempre de una imagen, y explicó su parecer de que la memoria es muchas veces conducida por estímulos misteriosos. Igualmente, el creador de Si te dicen que caí ha dicho que ciertos personajes suyos y las situaciones en que se ven envueltos son especies de configuraciones de otros hechos, explicaciones de algunos aspectos de su vida. Esto nos hace ver sus obras como grandes metáforas; pero como metáforas que se bastan a sí mismas. Cada obra parece ser una imagen que, aun queriendo hacerse autónoma, toma y da de sí a otras del autor.

En este tenor de ideas, ¿cuánto da a La Oscura Historia de la Prima Montse una novela como Ultimas Tardes con Teresa? Los secretos del primer libro son muchos. Y es que La oscura historia… fue escrita como una historia que comenzaba a ser, como un cuento de personajes desconocidos hasta entonces inclusive por el propio autor. Esto es así porque cada obra debe bastarse a sí misma. Pero si ha leído uno previamente Ultimas tardes con Teresa descubre con sorpresa y placer las malicias del texto, su perversa inocencia, la seductora poesía propia de los sueños literarios.

A pesar de ese rastro que conduce de un libro a otro no se encuentra uno en estas obras con el compromiso de estilo que esquilma a tantos creadores. Marsé dice reconocer que su prosa no es brillante, pero se queja de los amaneramientos que ridiculizan inclusive a compatriotas suyos, hábiles para confundir con tales mañas a los que no cuentan con talento para leer.

Juan Marsé no tendrá esa brillantez prosística que muchos desean, pero pocos podrán como él hacer poesía en el relato, meter al lector en un ambiente donde puede pasar horas o años sin sentirse atrapado y experimentar, en cambio, los mayores placeres que proporciona la libertad, la vida renovada. Sus obras reflejan un arte superior en la confección de tramas y en plantearle al lector un trabajo fructífero, inacabable. Su arte de narrar es tanto más superior en tanto menos se nota. El lo explica claramente: “Claro que si la historia me apasiona es, justamente, por la forma en que me la cuentan; pero la eficacia del buen narrador consiste en que no te des cuenta de eso”.

Así, la defensa de las obras de Marsé estará siempre basada en la calidad de su trama y en un lenguaje que no quiere más que dar sustento a la vida que narra, así como en su maestría para crear ambientes. Cada relato cuenta con una trama que sólo se sostiene en el relato mismo, en una memoria que se desteje a sí misma en un eterno desmadejarse que le permite la transfiguración de los hechos que el mismo Marsé le achaca al tiempo.

De ahí que Marsé no tema quedarse sin nada para contar. Contrario a tantos que no pueden soñar, podrá si quiere presentarnos siempre los mismos personajes, pero la vida de éstos estará siempre renovada por el fragor de un nuevo sueño, que será a su vez el alimento para una nueva historia.

viernes 5 de junio de 2009

La narración como poema


Las poesías épica y lírica se han fundido en un solo producto creativo. El mejor texto poético ya no es el versificado sino el narrativo. La disyuntiva entre verso y prosa es ya una teoría obsoleta. Aquellos que insisten en imponer el verso como prototipo de poesía lo ven ceder impotentemente ante el arrastre de esa masa narrativa multívoca y ubicua que es la novela, a la cual parece imitar frecuentemente el poema en su discurso inevitablemente narratoide.

Porque el mundo de hoy regresa a lo que era ayer, a su estado original, como el adulto que en su vejez se convierte nuevamente en niño: es un estado puro, desvinculado de los sentimientos y la moral, egoísta, sin amor, el reino de apetitos que buscan satisfacción envueltos en las tinieblas de una inocencia extrema.

El mundo actual no puede construir líricamente un verso sin que parezca ridículo o insustancial, por lo que la mejor poesía de estos tiempos tiende gloriosamente a narrar. Y la mejor poesía la encontramos en la novela.

La vida actual tiene una complejidad ingobernable, pero también plástica, impredecible, vertiginosamente cambiante. Ya el hombre no se adentra en sí como cuando escribían Byron y Alfred de Musset; ni siquiera como en los días en que Vicente Aleixandre se dejaba quemar en La Destrucción o el Amor.

Ahora buscamos al otro o vivimos en él, para sustentarnos de su yo, parasitando las energías de su vigilia. Hoy estamos a años-luz de nosotros mismos: nuestro egoísmo no espera que nos llegue el alimento, sino que va y lo busca al lugar donde se pueda encontrar. Las vías para llegar a él son múltiples y cotidianas: el televisor, el teléfono, el fax, el avión, Internet… Siempre es posible hallar el medio adecuado para llegar al otro. Y llegamos a él para gozarlo o para destruirlo de una vez.

No podemos abismarnos en un poema de Lamartine. En este día el poema lírico no tiene autor que lo produzca ni lector que lo desee. Adiós para siempre a las elegías de Manrique. Adiós inclusive a esas odas (heroicas, filosóficas…) que entusiastas mentalidades ingenuas pudieron un día hacernos leer. Los héroes de la poesía ya no son los de Lepanto, ni Ignacio Sánchez Mejías, pero sí el tránsfuga de Terra Nostra tanto como lo es Larsen.

El poema de hoy, la poesía de estos tiempos se construyen no con héroes apacibles y silenciosos. Ellos recorren el mundo física o mentalmente sin ser banalizados. Como los de Lepanto, quizás, pero sin ser ensalzados ni llorados. O sea, el personaje del poema de hoy no se queda en su aldea. Motivos le sobran para partir y facilidades para el viaje: él parte y su recorrido es el poema. Puede volver o quedarse allá. No importa, porque ha viajado por los menos una ida. Con sólo ir puede conseguir todo y ser reconocido (no exactamente glorificado) aquí, pudiendo vérsele a través de las pantallas: estamos supercomunicados.
No obstante, el poema no se salva con sólo ser narrativo: el poema debe salvarse a sí mismo siendo lo que es: poema. Debe ser ahora lo mismo que fue antes: imaginación. Esto quiere decir que no informa, que no reconoce a su autor, que no busca demostrar teorías ni enriquecer, pura y simplemente, una corriente literaria. Se vio con el modernismo, con el simbolismo, con el surrealismo: sólo dos eran auténticos. Los movimientos literarios matan la literatura y alimentan las babas vanidosas de un autor.

Uno de los mejores poemas de Trilce es groseramente prosístico, narrativo. Es el poema LXXV. Cada vez que lo leo quedo boquiabierto, y no exactamente en el limbo a que nos subían los poemas de Góngora: “mientras la onda va, mientras la onda viene, cuán impunemente se está uno muerto”. Esto debemos entenderlo, porque hace bastante tiempo nos lo anunció James Joyce. El poema de este siglo es la novela. El lector que no lee novela, no lee poesía ni cuento, a más de novela. No es que existe sólo la novela. Es que los otros géneros creativos están hoy a su sombra.

domingo 31 de mayo de 2009

Vallejo es un pequeño dios

(Para mi amiga chilena Eugenia Vergel Rivera)


Sé que Huidobro no explicaba a César Vallejo cuando escribió su conminación a hacer crecer la rosa en el poema. En verdad, no explicaba a ningún poeta. Acaso a sí mismo, pues se trataba de su Arte Poética, su manifiesto particular, carta de honor en poetas anteriores a los actuales. Pero resulta que el último verso del poema es aplicable a Vallejo, porque el poeta peruano verdaderamente fue, y es, un pequeño dios.

Lo es a su modo, como lo es todo poeta. El mismo Vicente Huidobro, por ejemplo, rehizo el mundo en su Altazor. Tomó todos sus materiales y le dio un nuevo orden, construyó nuevos cuerpos, a las cosas les dio nuevas cualidades, cambió su imagen y acabó con su rutina (“molino que oriento…/molino granujiento/molino ceniciento”). Huidobro, sin embargo, se limitaba a ver el mundo a su modo, y al verlo así, de modo tan particular, lo rehacía. Hay un paroxismo en su poesía.

Como paroxismo de pequeño dios hay en la poesía de Vallejo. He sufrido su vértigo sobre todo en Trilce. Como Altazor, Trilce es un solo poema, un solo mundo. El lenguaje le permite su engañoso ritornelo creativo, suerte de río heraclitiano. En Trilce fallecen lo castizo y la lógica, porque los poemas de Vallejo dicen que el poema dice la vida, que no es casta, y que si el canto la reinventa no debe deshacerla, para su propio bien, de esa aberradora falta de lógica.

No es sólo mediante esa falta de lógica que Vallejo se erige como pequeño dios que reinventa la vida al cantarla. Es también gracias a ese declararse dueño de sí y su circunstancia por parte del personaje del poema. En Los Heraldos Negros el personaje de “Los dados eternos” lanza un desafío y se declara poseedor de más grandeza que Dios, e inclusive señala al hombre como el verdadero dios. Es decir, el poeta viene de la vida, en la que se hace Dios, y se impone como tal en el poema: “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, / hoy superas ser dios; / pero tú, que estuviste siempre bien, / no sientes nada de tu creación, / y el hombre sí te sufre: el Dios es él!”.

En fin, que el hombre se hace Dios mediante las desdichas que parece imponerle su creador: “Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, /la resaca de todo lo sufrido/ se empozara en el alma…”. Son “los heraldos negros que nos manda la muerte”. Porque hay mucha tristeza en la poesía de Vallejo, lo que no impide el juego que reclama Huidobro cuando dice: “El juego es juego y no plegaria infatigable”. Lo sé por aventura, por experiencia, por la lectura que me ha hecho vivir en los poemas de Vallejo. Porque a Vallejo lo comencé a leer en un tiempo en que sólo amaba la literatura, días desde lo que el dormir es trabajar y también el soñar es vivir.

Uno de los poemas de Trilce termina así: “Absurdo, sólo tú eres puro,/ absurdo, este exceso sólo ante ti se/ suda de dorado placer”. Porque la poesía se canta hacia la vida, que se recrea pero no para que se congele en la tristeza: “Hubo un día tan rico el año pasado…!/ que ya ni sé que hacer con él …/ Qué día el del año pasado/ que ya ni sé qué hacer con él, /rota la sien y todo”.

Pero en Vallejo, para mayor placer, el juego se disfraza de seriedad. El pequeño dios no tiene más que jugar, aun sufriendo. El poema LXXV de Trilce es un ejemplo maestro. Y ya que he puesto a Hubidobro a hacer la lectura de Vallejo, quiero invitarle a explicar esta técnica poética del autor peruano: “Cultivar pingüinos como viñedos/ordeñar un viñedo como una vaca/desarbolar vacas como veleros/peinar un velero como un cometa”. Que es lo que hace todo poeta criado.

lunes 25 de mayo de 2009

Un relato

Ha seguido lloviendo en Santo Domingo hasta ayer, y hoy ha estado muy nublado. Como algunos lectores amigos han mostrado su amor por la lluvia, y ha habido inclusive alusiones solapadas a la fertilidad amorosa de este fenómeno natural, continúo aprovechándolo para las labores del blogging que aquí desarrollo. Es así como traigo ahora el capítulo 4 de un relato de quien estima agradarles a ustedes, gentiles lectores. El fogoso episodio que leerán termina siendo una suerte de equilibrio frente a la soledad y la melancolía que la lluvia tantas veces impone.


Asunto de Muchachos

IV



Había terminado la hora de geometría y varios alumnos quedaron copiando lo escrito en la pizarra. Todos los demás habían salido a tomar la práctica de deportes. Por último, expresamente retrasados quedaron en el aula Marcia y Luis, ella sentada tres butacas más adelante que él. Marcia aparentaba estar muy concentrada en el copiado, y él evitó hacer ruidos para no llamar su atención, previniendo así algún ligero temor de ella a permanecer con él dentro del cuarto. Esperaba ansioso que ella terminara de copiar, sentado en su butaca. Luego, algo impaciente, le pareció que la muchacha tardaba demasiado y sonrió sabiamente al descubrir que fingía. Observó que la puerta había quedado entornada. El vocerío de los demás alumnos en el patio se oía lejano, vacilante, como si las ondas del mismo tuvieran poca fuerza para escalar la línea inclinada que llevaba al segundo piso. (Temblando ligeramente, asustado por sus propias intenciones, Luis se levantó con cautela y fue acercándose despacio a la butaca de Marcia) hola, le dijo, nos hemos quedado solos, solitos. Ella lo miró asustada por tan buena oportunidad. Su pulso comenzó a acelerarse. Era de tarde y la brisa penetraba por las persianas y acariciaba sus cuerpos pasando por los ruedos del uniforme. Parecía hacer frío, los pelos se le erizaban. Quedaron mirándose un momento, analizándose los ojos, admirándose los labios. Marcia desvió la mirada hacia la puerta entreabierta e hizo un gesto de disgusto. Luis no atendió a esto y le dijo (tomándole el mentón, segregando más saliva, empujando la lengua contra los dientes) tú eres mía y eso nadie me lo quita. Le dio un beso mojado y se apartó. Él estaba apoyado contra una butaca vecina a la de Marcia, de espaldas a la salida. Ella volvió a mirar hacia la puerta, tentada e insegura. Alguien dejó ver su sombra contra la pared más próxima mientras pasaba sin hacer ruido. Ella advirtió (arreglándose el pelo, mordiéndose los labios) que nos pueden ver, pueden estar vigilándonos, algunos muchachos saben y seguido arman un chisme, un bendito can. (Haciéndose el despreocupado, el gran machazo, y cuadrándose con las manos en la cintura) sí, pero no te inquietes por esa tontería, no pasará nada, y además, deberíamos hacer público lo nuestro. Marcia le sonrió con asombro por su osadía, también deslumbraba por su interés en ella. En el patio, los que practicaban deportes hicieron un silencio momentáneo, como buscando escuchar un lejano cuchicheo. (Estremecida, empujándolo con suavidad) ya no seas tan valiente y cierra la puerta, Luis, anda rápido. Antes de obedecer él la abrazó y besó su nuca apartándole el cabello con el fin de excitarla. En vano, pues ya estaba excitada y su piel estremecida reclamaba unas manos temerarias. Luis caminó a la puerta y la cerró despacio sin que lanzara un solo ruido. La brisa continuó inundando el salón de clases, ahora en dos corrientes de aire que violaban sendos extremos del ventanal y se reunían alegres, celebrando su travesura, en el centro del aula, y creaban así una turbulencia de aire fresco que suavizaba la pasión de los enamorados. (Volviendo a ella, más que nada dispuesto a todo, preparándose para una guerra) todo el tiempo lo paso deseando estar solo contigo, decirte muchas cosas que siento y… y… Marcia lo besó bruscamente y casi se cayeron contra las sillas. Se acercaron al pizarrón sobándose con más de veinte dedos. La algazara de abajo de repente recobró fuerzas. Ahora parecía celebrar un acto heroico, una acción atrevida y encomiable. (Interrumpiendo un beso, cubriendo los hombros de Marcia, aplastándola contra la pizarra) pero tú no sales, los domingos me quedo solo, no te veo fuera de aquí, tienes que salir. (Sujetándole la cabeza, los labios convulsos, moviendo las caderas con dificultad) mejor bésame, así, no te apartes. Estaban borrando las últimas líneas del teorema de Pitágoras. Si se hubieran fijado, hubiesen descubierto a las butacas siguiendo, como si fuesen un público alineado frente a ellos, los sucesos de los que, ofuscados, ellos se hacían protagonistas. La brisa se había serenado a esta altura de los besos. Ahora parecía haberse esquinado en un ángulo del cuarto o marchado a un ámbito sin lujuria, pues se sabía impotente ante tanto ardor. (Dándole besos en el cuello, estrujando sus uniformes) quisiera verte más, no soporto… no soporto estar… uummm… estar lejos de ti mucho tiempo. (Con los ojos muy cerrados, víctima de una desesperación tenaz) yo tampoco, pero estoy contigo ahora, bésame… mucho. Entonces los dos muchachos intensificaron su lucha. Parecían estar poseídos por una locura sorda, ajena a toda influencia exterior. Él quiso desnudarle los pechos, sembrarle la cara en su esternón. Ella lo enloqueció dejándolo tocar. Fueron en ese momento dos héroes anónimos dados a un pugilato sin heridas ni llanto, pero en el cual el furor abunda de un modo tal que podría dañar la carne. Sin quedar desnudos, sin tener que violarse. No se fueron apagando, sino que se separaron obligadamente, ansiosos todavía, como dos púgiles que se odian se separarían al llamado de la campana que termina los asaltos. No sintieron vergüenza. No se excusaron, aunque el mundo volvía a ser como antes, aunque el cuarto volvería en minutos a ser un salón de clases. Debieron guardar los imanes, pero no tuvieron el cuidado de reparar el desarreglo de las blusas y el cabello, las huellas inconcretas en el rostro. Se obligaron a sentarse con la puerta entornada, cada uno en su sillón, deslumbrados por el fuego. Cuando regresaron los demás ella acababa de echar hacia Luis su última mirada ansiosa.